Como si fuera una peli de Almodóvar, el Día de Todos los Santos comienza en mi familia con la limpieza del panteón. Tenía que haber fotografiado el de mi familia, porque es digno de ver: como antaño éramos de dineros, el panteón tiene dos plantas.
En la planta superior donde hay un altar, un cristo, pinturas al fresco, los candelabros de bronce, la enorme lápida de mármol blanco de Macael del hermano de mi abuelo Andrés I (muerto a los 4 años, luego nació otro y también se llamó Andrés II) y un banco (como de iglesia) para sentarse. Es en este sitio donde se colocan hasta 5 jarrones de flores perfectamente alineados y con una armonía milimétrica.
A la planta inferior se accede por una escalera que hay en el lateral derecho, protegida por un barandilla de latón. Allí tenemos los diferentes nichos en los que se ha enterrado a los difuntos de mi familia: todos los hermanos y hermanas de mi abuelo (sólo quedan dos vivas, eran 11 de familia). Se ha seguido la costumbre de enterrar a los matrimonios juntos, por lo que de 16 nichos sólo hay 6 ocupados. Por supuesto, hay sitio para enterrar a todo el que quiera de la familia, será por espacio.
Obviamente, el limpiar el panteón se lleva un tiempo considerable, porque siempre hay más mierda que el rabo de una vaca, polvo acumulado y olor a flores muertas. Y no veas lo que hay que frotar para limpiar la barandilla de latón. Lo peor es cuando alguna de las primas gilipollas de mi madre (que tiene unas cuantas) deciden llevar plantas al panteón y no las riegan debidamente o dejan las flores del Día de la Madre hasta que se va a limpiar para el Día de los Santos. Como podréis imaginar, la peste a podredumbre es horrible. El año pasado, incluso nos encontramos con una culebra enganchada a un florero, no sé por donde entró, ni cómo, sólo sé que nos costó darle muerte (lo siento, siento decirlo pero me dan un asco que me muero, esa no iba a salir viva del panteón).
Eso sí, el enterrador del pueblo hace tan bien su trabajo que no se huele a muerto, aunque haga poco tiempo que haya fallecido algún familiar.
El año pasado, al ir a limpiar, nos encontramos un enorme cristo de metal encima del banco. Era del féretro de mi tía Victoria, que no cabía en en nicho y lo quitaron. También encontramos una llave, de estilo antiguo, muy bonita. El nieto de un primo de mi madre quiso llevársela, sin imaginar que era la llave de la caja de muerto de una de sus tías-bisabuelas, el crío se fue tan feliz y el abuelo dijo que algún día le diría de qué era la llave.
He de reconocer que me siento orgullosa de ese panteón, es el único que hay en el pueblo de ese estilo y mucha gente acude cada año para verlo, porque les han dicho cómo es y quieren comprobarlo por sí mismos. Nosotros, como es natural, dejamos que la gente satisfaga su curiosidad, que para eso fuimos ricos en otro tiempo (jeje).
La vuelta del cementerio antiguamente tenía parada obligatoria en casa de mi abuela, para comer palomitas de maíz dulces y saladas, se tiraba toda la mañana haciendo dos ollas enormes de palomitas y nos peleábamos los primos por ver quién comía más.
Este año no visitaré el cementerio, mi abuela acaba de salir del hospital y me quedaré cuidándola, para que mi madre pueda ir con sus hermanos y sus primos a renovar la tradición de rendir culto a los muertos y enseñar el panteón de la familia. Y haré palomitas, que vendrán mis primos a ver a la abuela y habrá que agasajarlos.
Esta tarde pondré un relato de terror.

