El 28 de Diciembre de 2007 murió mi tía Paqui. Después de un mes hospitalizada, de tres semanas en la UCI en coma y de tres días de aparente recuperación (seguía en coma, pero tenía mayor actividad cerebral), falleció a las 19:04 horas del Día de los Inocentes, por un fallo multiorgánico provodado por la diabetes que padecía.
Estaba trabajando en el despacho y hablando con mi amigo J. cuando mi madre me llamó y me dijo: "La tita Paqui se ha muerto". De momento, todo dejó de tener sentido para mí: el trabajo, el enfado con algunos amigos, la preparación de Nochevieja...
Por un lado no podía dejar de decirme que había dejado de sufrir, que no sabíamos si la diabetes habría afectado al cerebro o no, que probablemente quedaría en estado vegetativo si despertaba y se recuperaba, que jamás podría volver a comer de lo deteriorado que tenía el sistema digestivo y por otro lado pensaba que mi tia, mi tita Paqui, la que me cuidaba de pequeña, la que me mimó hasta lo indecible, jamás vería mi despacho, jamás estaría en mi boda, no conocería a mis hijos, ni sería la madrina de la boda de mi primo, ni tendría nunca el placer de abrazar a unos nietos futuros...
Sin saber qué hacer, hablé varias veces con mi madre en apenas media ahora. Lo primero y principal que mi abuela, madre de mi tia, no supiera aún que había fallecido esa tarde. Se trazó un plan: yo me quedaba a cenar en Murcia, mi hermana se iba a trabajar y mis padres se quedaban en mi casa. En realidad, mi hermana llamó al trabajo y dijo que no podía ir, mi hermano vino de su casa y ambos pasaron a recogerme por el despacho y nos fuimos al tanatorio. No me gustan mucho estos sitios, pero por allí vi desfilar a muchísima gente, la numerosa familia de primos hermanos se pasó por allí (son así como 42 primos, con sus respectivas mujeres y muchos hijos), numerosos conocidos del pueblo de mi madre y de mi pueblo (vecinos y amigos), allegados... Y por parte de mi tío, igualmente el pueblo en el que vivían se volcó con ellos, hubo un momento en el que, perfectamente, podríamos ser 150-160 personas en el tanatorio.
De madrugada volví a mi casa y hablé y lloré con mi madre. Había quedado con mis tíos en que le darían la noticia a mi abuela al día siguiente, ya le habían comentado que mi tía había empeorado, le dirían que falleció de madrugada. Le dije a mi madre que me despertara.
Sólo una vez en la vida había visto tanto dolor ante la muerte de un hijo, fue hace 15 años uno de mis tíos enterró a su hijo de 3 años, víctima de una malformación genética. El dolor de mis tíos aún sigue enraizado dentro de su corazón. El llanto desesperado de mi abuela, mientras no paraba de decir que tenía que haber muerto ella es algo que no voy a olvidar nunca. Unos padres jamás deberían enterrar a un hijo.
Ese día mi madre y mi padre se fueron al duelo y entierro de mi tía, mi hermana y yo nos quedamos con mi abuela, porque no estaba en condiciones de asistir. Intenté no llorar delante de ella y sólo en dos ocasiones, cuando el dolor la consumía por dentro y no dejaba de llorar, mientras le cogía su mano llena de arrugas dejé que las lágrimas se deslizaran por mi cara, pero intentando en todo momento no mostrar el dolor que sentía por dentro.
Cuenta mi madre que el velatorio el sábado por la mañana y el entierro por la tade fueron multitudinarios. Mi tío (marido de mi tía), por su profesión, era bastante conocido en la zona de La Costera murciana y mi madre y mis tíos también conocen a mucha gente, que quiso acercarse y arroparles en ese momento. Además, mi tía era una mujer muy religiosa, fue lectora durante muchos años en misa, donó un cristo de bronce (tamaño pequeño) a la parroquia... El cura la conocía y dijo un sermón sencillo, corto, pero directo: habló de la terrible enfermedad que consumió a mi tía, de la entereza con la que la vivió, de su fuerza de voluntad, de su risa ante las adversidades... E hizo algo que no es habitual por aquí: acompañó a la familia hasta el cementerio para el enterramiento de mi tía.
Hubiese dado cualquier cosa por poder estar en el entierro de mi tía. Siento que no he podido despedirme de ella debidamente, que no he estado a su lado en el último homenaje que le han rendido su familia, vecinos y amigos. Por eso cuando llegó mi madre el sábado a casa, junto con mis tíos y mis primos, me encerré en mi cuarto y estuve llorando más de media hora, porque necesitaba desahogarme y dejar salir todo el dolor que yo llevaba dentro.
Desde el sábado mi abuela está tomando un lorazepam. De alguna manera, está más tranquila, pero, por supuesto, eso no va a sustituir el dolor que siente y cuando alguien acude a verla (mis primos, sus vecinas, amigos que han venido a visitarla), no puede evitar las lágrimas. Otro momento difícil se vivió ayer, cuando su nieto F., hijo de mi tía Paqui, fue a verla. Mi primo fue más fuerte que mi abuela y no lloró, pero sí que lo hizo su novia y, por supuesto, mi abuela. Él le explicó que mi tía no ha sufrido (porque ha estado sedada) y que estaba muy deteriorada. Da igual, a mi abuela sólo le importa que su hija mayor ha muerto.
Ironías de la vida, el mismo día que fallecía mi tía, mi primo el mayor, anunciaba por la mañana que va a ser padre. Una vida se nos va y otra nos llega.


