A la que, por supuesto, me invitaron...J., que es un amante de las carnes rojas, me comentó que en "Trapería 30", nuevo restaurante de Murcia situado en la C/ Peligros s/n, cerca de las Cuatro Esquinas de Murcia, había unas jornadas gastronómicas de las carnes rojas y que acababan el pasado fin de semana. Yo le dije que me parecía estupendísimo, pero que yo no me podía permitir comer en un restaurante así, que iba a ser carísimo. Me contestó que no había problema, que corría de su cuenta.
Y allá que nos encaminamos ambos dos el sábado noche, a hace efectiva nuestra reserva de las 9. Un local con una decoración minimalista, con paredes en tonos oscuros y grandes espejos (oscuros también) que daban una gran sensación de profundidad. El cuidado de los pequeños detalles (cubertería, cortesía, etc) fueron aspectos que me gustaron mucho y eso que aún no había llegado la comida.
Al abrir la carta, el susto fue mayúsculo y le dije a J. que me había traído la tarjeta de crédito por si hacía falta. El famoso solomillo de buey Kobe costaba.... ¡¡¡180 euros el kilo!!!. Yo pensé que J. me crucificaría allí mismo por lo prohibitivo de los precios y busqué desesperada la carta "normal" por si había algo que pudiera tomar y que no implicase pagarlo fregando los platos de la cena. Pero no penséis que era mucho más barato: el atún, 22 euros; el bacalao, 20. El me miraba y yo no sabía que decirle, por lo que dejé que él tomara la iniciativa y se decantara por un solomillo de buey Kobe, el plato estrella. Yo pediría un lomo de buey de nosequé (aunque en la factura ponga de buey Kobe, creo que no era tal). Y patatas de acompañamiento. De primero, unas croquetas de ibéricos y unos buñuelos de gorgonzola. Para terminar, un plato de quesos de importación. De beber, elegimos un Luzón Monastrell del 2005, aunque la carta tenía exquisiteces y J. me dijo que ante un solomillo de 180 euros el kilo no escatimara en el vino a elegir.
Todo lo que nos comimos estuvo riquísimo, desde el pequeño aperitivo de crema de queso sobre galleta, pasando por el delicioso pastel de patata que acompañaba al solomillo, hasta los buñuelos de gorgonzola, que estaban para morirse de gusto. Sin embargo, el solomilllo superó por goleada al lomo y es que la carne, tan tierna como un trozo de gelatina (se podía cortar con el tenedor, os lo juro) tenía una primera textura en la boca fuerte, de sabor contundente, para dejar luego un ligero matiz en la lengua que sabía a gloria. Y eso que no me gustan las carnes hechas vuelta y vuelta o al punto, de esas que al cortarlas aún se ve la carne sonrosada. Sin embargo, debo decir que es la carne más deliciosa que he probado jamás en la vida. La lástima es que pusieran el solomillo antes que el lomo, ya que el primero estaba infinitamente mejor que el segundo y claro, el umbral de satisfacción estaba ya muy alto.
El postre, un untuoso de almendra y naranja, con helado de algo que no pudimos identificar bien, pero que creímos que era te verde. Y variaciones varias de chocolates, algunas de aspecto extraño, pero riquísimas todas.
La cuenta, al final, la indicada arriba.
Por supuesto, me toca pagar varias cenas para compensar el gastazo que hizo J. Ya le tengo apalabrado un italiano y un restaurante uruguayo (con parrillada de carnes rojas). Pero debo seguir pensando dónde ir, para poder igualar...
ACTUALIZACIÓN: Me dice J. que lo que yo pedí era lomo de sagayu...

