Ayer tuve mi primera comida de navidad de empresa (aunque he trabajado en dos despachos distintos, no se ha hecho comida/cena de navidad, ni se ha regalado nada de nada a los trabajadores por estas fechas ni se les ha dado aguinaldo). Teniendo en cuenta que llevo apenas un mes trabajando en la academia de formación, dando un curso de transportistas, era una experiencia nueva para mi.
Estábamos citados a mediodía, 12 horas para más señas, en la academia y poco a poco fuimos llegando y nos fueron pagando el salario del mes anterior (que tiene cojones la cosa, pero eso es otra historia). Con el dinero contante y sonante en el bolsillo, fuimos recogiendo la cesta de navidad, que yo no me esperaba. No era muy grande, pero sí pesada, por lo que desistí de abrirla para ver lo que llevaba (además de que hubiese estado feo).
A eso de las 13 horas, los jefes nos pasan a una de las aulas y nos dan la charla. Que menuda charla, el sector del transporte está regular tirando a mal, cosa que yo no sabía a tal escala y que les perjudica directamente (y a mí, indirectamente). La verdad es que es alabable el esfuerzo que hacen por intentar mantenerse a la altura de otros años, la de kilómetros que se hacen para publicitar los cursos, la de dinero y tiempo que gastan en publicidad en general... Cuando se depende del trabajo de uno mismo, este tipo de cosas te las tomas como algo personal, ¿no?
A la vez se dio el material nuevo de este año a los profesores que aún no han empezado sus cursos y se discutió sobre los resultados del año pasado (hay profesores con un 88'68% de aprobados y otro, por contra, sólo tenía un 16%... precisamente al que yo sustituyo).
Después de todo esto, nos marchamos a un sitio estupendo para comer en Alcantarilla: El lagar de D. Pelayo. Vaya cantidad de entrantes que nos pusieron, allí estábamos los treinta y pico que éramos ocupando todo el comedor y degustando rico queso parmesano con mermelada de frutas del bosque y rosquillas con cominos, carpaccio de buey, tablas de patés y quesos, ensaladas, holadres de marisco y salsa picante, revuelto de espárragos, setas, gambas y huevo... Y de plato principal: entrecot de ternera. A esas alturas, yo me había hartado de queso, porque a los que tenía delante (de los cursos de prevención de riesgos laborales) no les gustaba el queso y me lo comí yo todo, todito, todo. Así que no comí mucha carne (una pena la cantidad de comida que se desperdicia en este tipo de comidas...).
Luego llegaron los postres, los cafeses... y el reloj ya marcaba las 17:15 de la tarde, yo tenía un dolor de cabeza considerable y como era la novata (soy la última en subir a este barco de los cursos), tampoco tenía mucho de qué hablar y con quién alternar (menos mal que me puse al lado del chico que me consiguió el trabajo y estuvimos poniéndonos al día de nuestras vidas, sino, vaya rollo de comida). Así que cuando llegaban las comandas de cubatas y bebidas varias, cogí mi cestita y llamé a mi padre, que fuera a por mí.
Al llegar a casa, pusimos en común las cestas que nos han dado este año (ayer las recogimos todos): por supuesto, la de mi padre se lleva el premio gordo: jamón, lomo, vinos y licores varios de alta calidad, quesos, turrones, bombones, latas... todo ello de primerísimas marcas. La de mi hermana es más sencilla: paletilla y dos trozos de lomo (de Guijuelo), una botella de vino y un turrón. La mía es más variada: vino blanco, tinto, champán francés (marca desconocidísima), turrones varios, bombones, setas en conserva, queso camembert y un chorizo ibérico pequeñito. Pero me ha encantado recibir algo así, ni siquiera cuando trabajé estrechamente con un matrimonio, tuvieron el detalle de regalarme nada (es lo que tienen los ricos, que lo son a costa de esos "pequeños" detalles).
Para ser mi primera comida de empresa y mi primera cesta de navidad, yo creo que está bien, ¿no? (Y ya estoy emplazada a la comida de verano, que no me la puedo perder)
Estábamos citados a mediodía, 12 horas para más señas, en la academia y poco a poco fuimos llegando y nos fueron pagando el salario del mes anterior (que tiene cojones la cosa, pero eso es otra historia). Con el dinero contante y sonante en el bolsillo, fuimos recogiendo la cesta de navidad, que yo no me esperaba. No era muy grande, pero sí pesada, por lo que desistí de abrirla para ver lo que llevaba (además de que hubiese estado feo).
A eso de las 13 horas, los jefes nos pasan a una de las aulas y nos dan la charla. Que menuda charla, el sector del transporte está regular tirando a mal, cosa que yo no sabía a tal escala y que les perjudica directamente (y a mí, indirectamente). La verdad es que es alabable el esfuerzo que hacen por intentar mantenerse a la altura de otros años, la de kilómetros que se hacen para publicitar los cursos, la de dinero y tiempo que gastan en publicidad en general... Cuando se depende del trabajo de uno mismo, este tipo de cosas te las tomas como algo personal, ¿no?
A la vez se dio el material nuevo de este año a los profesores que aún no han empezado sus cursos y se discutió sobre los resultados del año pasado (hay profesores con un 88'68% de aprobados y otro, por contra, sólo tenía un 16%... precisamente al que yo sustituyo).
Después de todo esto, nos marchamos a un sitio estupendo para comer en Alcantarilla: El lagar de D. Pelayo. Vaya cantidad de entrantes que nos pusieron, allí estábamos los treinta y pico que éramos ocupando todo el comedor y degustando rico queso parmesano con mermelada de frutas del bosque y rosquillas con cominos, carpaccio de buey, tablas de patés y quesos, ensaladas, holadres de marisco y salsa picante, revuelto de espárragos, setas, gambas y huevo... Y de plato principal: entrecot de ternera. A esas alturas, yo me había hartado de queso, porque a los que tenía delante (de los cursos de prevención de riesgos laborales) no les gustaba el queso y me lo comí yo todo, todito, todo. Así que no comí mucha carne (una pena la cantidad de comida que se desperdicia en este tipo de comidas...).
Luego llegaron los postres, los cafeses... y el reloj ya marcaba las 17:15 de la tarde, yo tenía un dolor de cabeza considerable y como era la novata (soy la última en subir a este barco de los cursos), tampoco tenía mucho de qué hablar y con quién alternar (menos mal que me puse al lado del chico que me consiguió el trabajo y estuvimos poniéndonos al día de nuestras vidas, sino, vaya rollo de comida). Así que cuando llegaban las comandas de cubatas y bebidas varias, cogí mi cestita y llamé a mi padre, que fuera a por mí.
Al llegar a casa, pusimos en común las cestas que nos han dado este año (ayer las recogimos todos): por supuesto, la de mi padre se lleva el premio gordo: jamón, lomo, vinos y licores varios de alta calidad, quesos, turrones, bombones, latas... todo ello de primerísimas marcas. La de mi hermana es más sencilla: paletilla y dos trozos de lomo (de Guijuelo), una botella de vino y un turrón. La mía es más variada: vino blanco, tinto, champán francés (marca desconocidísima), turrones varios, bombones, setas en conserva, queso camembert y un chorizo ibérico pequeñito. Pero me ha encantado recibir algo así, ni siquiera cuando trabajé estrechamente con un matrimonio, tuvieron el detalle de regalarme nada (es lo que tienen los ricos, que lo son a costa de esos "pequeños" detalles).
Para ser mi primera comida de empresa y mi primera cesta de navidad, yo creo que está bien, ¿no? (Y ya estoy emplazada a la comida de verano, que no me la puedo perder)

