El domingo estuve con mi amiga Beatriz en Cartagena. Allí nos esperaba con Ángel, un chico estupeeeeeeendo que nos hizo de guía y nos llevó por los sitios más bonitos de la ciudad.
Comenzamos la andadura en el Carrefour de Alfonso XIII, caminando nos acercamos hasta la Asamblea Regional de Murcia, donde intentamos intuir la magnífica escalera de mármol blanco de Macael que hay (pero como estaba cerrado y a oscuras, pues no pudimos).
Dejando a nuestra izquierda el Campus Universitario de Alfonso XIII, con sus Ingenierías de Agrónomos y demás, llegamos hasta el antiguo Cuartel de Artillería y la Plaza Juan XXIII, entorno que ha sido restaurado y que ofrece actividades de ocio para los cartageneros los domingos por la mañana, además de un par de cafeterías bajo los antiguos arcos del Cuartel muy bonitas. Nos encaminamos hacia la parte antigua de Cartagena, descubriendo preciosos edificios modernistas, algunos de ellos en fase de reconstrucción, otros ya reconstruídos y luciendo sus mejores galas.

Seguimos hacia la Calle Mayor y paseamos por ella (me encantan los letreros "Calle Mayor" sobre el suelo, al inicio y la final de la calle). Nos dimos cuenta de que están arreglando el Casino, de que el Ayuntamiento está a punto de ser abierto de nuevo (ha quedado precioso tras la restauración).
Estuvimos al inicio del paseo marítimo, viendo el monumento a los Héroes de Cavite y de Santiago de Cuba (con todos sus nombres y todos) y nos encaminamos el inicio de la muralla de Carlos III, en la que hay dos impresionantes murales de azulejos: uno con todos los hechos históricos relevantes que han ocurrido en la ciudad de Cartagena, además de un precioso poema de Miguel de Cervantes a la ciudad:

Poema a Cartagena, de Miguel de Cervantes
Luego seguimos por callejuelas estrechas hasta encontranos, casi de repente, con el Teatro Romano y la Catedral Vieja.
Esta es una perspectiva del Teatro desde el Parque Torres, al fondo a la izquierda se ve la catedral
Después de ver la catedral, nos dimos un paseo por el puerto. Allí admiramos algunos veleros perfectos para dar un agradable paseo por el mar, tomar el sol desnudos sobre la cubierta y darse un refrescante chapuzón en el mar (en verano, claro).
Estos somos Ángel y yo frente a uno de esos veleros
Tras el paseo por la dársena deportiva del puerto de Cartagena, de alborotarnos el pelo contra el viento y de encontrarnos con un montón de amigos de Ángel, decidimos comer en un estupendo y cuco restaurante turco, en el mismo puerto. Después de la comida, tomamos un café en un bar súper setentero, con una estética genial y que al Sr. JL le hubiera encantando (dile a Alawanatu que te lleve un día).
Luego decidimos subir al Parque Torres, para lo cual, nos gastamos un eurillo por cabeza en hacerlo como los marqueses, es decir, en el ascensor panorámico que salva un desnivel considerable y te deja, directamente, en la linterna del parque (antigua torre vigía, en cuya superficie se enciende la antorcha de las fiestas de Cartagineses y Romanos).
Dimos un paseo por el parque, admirando la belleza de los pavos reales, recogiendo pequeñas plumitas verdiazuladas (me encantan, siento mucho ser tan perulla, pero es la verdad).
En lo alto del parque Torres hay un museo (al que no entramos) y en la plataforma superior, unos cañones defensivos cegados, sobre los que nos hicimos fotos.

Este es Ángel, con una cosa muuuuuuuuuy larga entre las piennas.
¡Estupeeeeeeeendo!
Tras terminar casi heladitos de frío en el Parque Torres, descendimos hacia el campus universitario de la muralla, lo bordeamos en su totalidad y volvimos hacia la zona donde habíamos aparcado el coche, ya que Ángel nos tenía preparada una sorpresa.
Nos llevó, coche en mano y tras pasar la curva del amor cartagenera, hasta Villa Esperanza, el café más bonito que he visto en mi vida, una antigua casa restaurada y decorada con un gusto exquisito, con unas cartas de bebidas ingeniosísimas, una decoración basada en el otoño: con nueces, castañas, avellanas, naranjas, etc.
Pero había que volver a la realidad de la vida y dejar a Ángel en Cartagena y volver a Murcia, ya de noche, por una carretera sin coches y sin agobios.
Gracias a Ángel por un día maravilloso en su compañía y gracias a Beatriz por estar conmigo en estos días tontos.
P.D.: Me voy de puente hasta el lunes, a disfrutar de la playita en invierno.