HISTORIAS DE FAMILIA (1) Introducción
Soy de la opinión de que somos las personas que somos por dónde hemos nacido, por cómo nos han educado y por cómo nos hemos desarrollado. Yo soy lo que soy por mi familia. Y echando la vista atrás me he dado cuenta de que la mía no es muy normal. Voy a contaros poco a poco las historias que van adornando nuestro pasado. Los nombres van a ser alterados, también los lugares, porque hay cosas que se van a contar que no son políticamente correctas.
La primera historia viene por parte de mi madre, es el inicio de su gran familia, la historia de los padres de mi abuelo materno.
ANDRÉS Y ANTONIA
Al más puro estilo Romeo y Julieta, Andrés y Antonia se querían y creían que nada podría impedir su amor. Por eso, en contra de su familia, decidieron con apenas 15 y 14 años que su amor era más grande que el de nadie y planearon hacérselo saber a todo el mundo de una manera muy especial.
Un domingo, en misa mayor, cuando el cura se disponía a terminar con la bendición general a los fieles, ambos adolescentes (con las hormonas revolucionadas) se acercaron hasta el pasillo central de la iglesia, se cogieron de la mano y la bendición divina cayó sobre ellos. Parece ser que eso venía a suponer prácticamente una especie de matrimonio ante Dios y, lo que había unido Dios, no podía separarlo el hombre.
Por eso, a pesar de la oposición de las dos familias, los jóvenes se casaron apenas un año después. De ese amor adolescente nació un matrimonio bien avenido y con una relación larga, duradera y muy fructífera. Tanto, que tuvieron 11 hijos. El primero de ellos, Andrés, murió con 4 años, sobreviviendo a los padres el resto, 10 hijos e hijas (entre los cuales, hubo otro Andrés, posterior al pequeño Andresito fallecido, no fuera a ser que se perdiera el nombre y apellidos del patriarca).
Testigo mudo de esa unión queda ahora un enorme panteón, del que ya hablé en su momento en este post y que es el orgullo de la familia. Testigos vivos, sólo dos hijas y un montón de nietos, es decir, mi madre, sus hermanos y sus primos, además de toda la descendencia posterior, que son tantos, que superan los 40 (una vez me puse a hacer el árbol genealógico y desistí por falta de espacio para hacer las correspondientes ramas).
El tener una familia tan extensa ha hecho que en el pueblo de mi madre, casi un 25% de sus habitantes sean familia suya. Para muestra, dos botones. El primero: uno de mis tíos vive en un edificio de 4 plantas, con tres viviendas por planta. En cada planta hay un miembro de la familia Andrés-Antonia; el segundo: en el barrio en que vivo, en menos de 100 metros viven 5 descendientes de dicha familia: mi madre y cuatro primos hermanos suyos. Y así, hasta el infinito.
La primera historia viene por parte de mi madre, es el inicio de su gran familia, la historia de los padres de mi abuelo materno.
ANDRÉS Y ANTONIA
Al más puro estilo Romeo y Julieta, Andrés y Antonia se querían y creían que nada podría impedir su amor. Por eso, en contra de su familia, decidieron con apenas 15 y 14 años que su amor era más grande que el de nadie y planearon hacérselo saber a todo el mundo de una manera muy especial.
Un domingo, en misa mayor, cuando el cura se disponía a terminar con la bendición general a los fieles, ambos adolescentes (con las hormonas revolucionadas) se acercaron hasta el pasillo central de la iglesia, se cogieron de la mano y la bendición divina cayó sobre ellos. Parece ser que eso venía a suponer prácticamente una especie de matrimonio ante Dios y, lo que había unido Dios, no podía separarlo el hombre.
Por eso, a pesar de la oposición de las dos familias, los jóvenes se casaron apenas un año después. De ese amor adolescente nació un matrimonio bien avenido y con una relación larga, duradera y muy fructífera. Tanto, que tuvieron 11 hijos. El primero de ellos, Andrés, murió con 4 años, sobreviviendo a los padres el resto, 10 hijos e hijas (entre los cuales, hubo otro Andrés, posterior al pequeño Andresito fallecido, no fuera a ser que se perdiera el nombre y apellidos del patriarca).
Testigo mudo de esa unión queda ahora un enorme panteón, del que ya hablé en su momento en este post y que es el orgullo de la familia. Testigos vivos, sólo dos hijas y un montón de nietos, es decir, mi madre, sus hermanos y sus primos, además de toda la descendencia posterior, que son tantos, que superan los 40 (una vez me puse a hacer el árbol genealógico y desistí por falta de espacio para hacer las correspondientes ramas).
El tener una familia tan extensa ha hecho que en el pueblo de mi madre, casi un 25% de sus habitantes sean familia suya. Para muestra, dos botones. El primero: uno de mis tíos vive en un edificio de 4 plantas, con tres viviendas por planta. En cada planta hay un miembro de la familia Andrés-Antonia; el segundo: en el barrio en que vivo, en menos de 100 metros viven 5 descendientes de dicha familia: mi madre y cuatro primos hermanos suyos. Y así, hasta el infinito.

