Cuando una mujer tiene una primera cita (o la segunda, tercera, incluso la cuarta), pone especial atención en su aspecto. Porque, no nos equivoquemos, el ser humano (en general) mira mucho por los ojos y la apariencia externa cuenta mucho en la primera impresión.
Así que te esmeras más que concienzudamente de ir perfecta para esa primera cita. Poco importa a qué tribu urbana pertenezcas, qué grupos musicales sigues o si tu madre te puso las perlas en las orejas al nacer con la remachadora, todas actuamos por igual.
Primero, te centras en el aseo. Diversos factores entran en juego, pero te sueles depilar, quizá exfoliar, te lavas el pelo para tenerlo lleno de energy, te embadurnas de crema para estar suavecita y te perfumas en esos sitios que sabes que pueden ser especiales en un determinado momento. Personalmente, me encanta arreglarme el pelo y que mi melena rizada quede bien. Si, encima, preveo que pueda haber caricias bajo la falda, tengo una crema con un olor especial que hace que no olviden lo que tocan (o huelen, o besan).
En segundo lugar encontramos la ropa. Qué te pondrás, qué resaltarás de tu cuerpo para que se fije en esa parte tan bonita que tienes. He de confesar que mi principal preocupación es desviar la atención de mi culo y mis caderas, enormemente grandes y centrarla en otra zona, como mi escote, que también es generoso, pero mola más. Además, para qué negarlo, joer, que me gusta mi escote y me gusta lucirlo.
Después, intentas adecuar los complementos a la ropa que llevas. Sobra decir que dentro de esos complementos ya has elegido la ropa interior, si puede ser conjuntada, mejor. En mi caso, es casi imposible, porque no encuentro conjunto que adecúe las distintas tallas que utilizo de bragas y sujetador. Y mira que me jode, porque tengo sujetadores preciosos sin bragas a juego. No digo que utilice braga-faja-a-lo-bridget-jones, pero no tengo con qué conjuntar un precioso sujetador granate de Selmark con lacitos en los tirantes. El resto de complementos pasan por ser pendientes, collares, bolso, etc. En estos casos, yo me suelo guiar por la comodidad: unos pendientes o un collar que se estén enganchando continuamente, son un coñazo. Mejor poco que demasiado.
Enseguida viene el maquillaje. Hay quien tiene un cutis precioso y apenas se pone nada. Hay quien es guapísima de fábrica y tampoco necesita artificios para estar de bocado. Pero las que nacimos con el color de cara que tenía Laura Palmer cuando la encontraron muerta, hacemos maravillas con la cosmética. Lo peor es cuando te ha salido un granito, porque aunque se tapa con el maquillaje, el bulto se nota. Si encima llevas gafas, peor que peor. Yo me pinto los ojos que da gusto verlos, pero me pongo las gafas y todo se va a la porra.
Una vez que estamos en perfecto estado de revista, dispuestas a cautivar a nuestra cita, es importante no llegar tarde. Que queda mal llegar tarde por haberte arreglado demasiado. Empieza antes y punto.
Por supuesto, todo el tiempo y el esfuerzo empleado deben tener su recompensa. Así que, señores, alaben a sus mujeres cuando queden con ellas, díganles qué guapas están, qué peinado más bonito llevan, qué bien les sienta el color de esa camisa, acérquense al oído y díganles que están arrebatadoras, que son la estrella que ilumina esa noche, la flor que perfuma el ambiente...
Y, sobre todo, háganlas reír. Porque, en el fondo, creo que nos da un poco igual que el sujeto de nuestra cita sea guapo o no. Mientras que nos convierta en su centro de atención, nos haga reír, nos cuente cosas interesantes, no hable de fútbol, de Fórmula 1 o de Dani Pedrosa, caeremos rendidas a sus pies.
Porque donde esté una charla interesante, unas risas, una confidencias, que se quite todo lo demás. Aunque a los hombres os guste más un buen par de piernas que una buena conversación.
¿Qué me decís a esto, hombres?
Así que te esmeras más que concienzudamente de ir perfecta para esa primera cita. Poco importa a qué tribu urbana pertenezcas, qué grupos musicales sigues o si tu madre te puso las perlas en las orejas al nacer con la remachadora, todas actuamos por igual.
Primero, te centras en el aseo. Diversos factores entran en juego, pero te sueles depilar, quizá exfoliar, te lavas el pelo para tenerlo lleno de energy, te embadurnas de crema para estar suavecita y te perfumas en esos sitios que sabes que pueden ser especiales en un determinado momento. Personalmente, me encanta arreglarme el pelo y que mi melena rizada quede bien. Si, encima, preveo que pueda haber caricias bajo la falda, tengo una crema con un olor especial que hace que no olviden lo que tocan (o huelen, o besan).
En segundo lugar encontramos la ropa. Qué te pondrás, qué resaltarás de tu cuerpo para que se fije en esa parte tan bonita que tienes. He de confesar que mi principal preocupación es desviar la atención de mi culo y mis caderas, enormemente grandes y centrarla en otra zona, como mi escote, que también es generoso, pero mola más. Además, para qué negarlo, joer, que me gusta mi escote y me gusta lucirlo.
Después, intentas adecuar los complementos a la ropa que llevas. Sobra decir que dentro de esos complementos ya has elegido la ropa interior, si puede ser conjuntada, mejor. En mi caso, es casi imposible, porque no encuentro conjunto que adecúe las distintas tallas que utilizo de bragas y sujetador. Y mira que me jode, porque tengo sujetadores preciosos sin bragas a juego. No digo que utilice braga-faja-a-lo-bridget-jones, pero no tengo con qué conjuntar un precioso sujetador granate de Selmark con lacitos en los tirantes. El resto de complementos pasan por ser pendientes, collares, bolso, etc. En estos casos, yo me suelo guiar por la comodidad: unos pendientes o un collar que se estén enganchando continuamente, son un coñazo. Mejor poco que demasiado.
Enseguida viene el maquillaje. Hay quien tiene un cutis precioso y apenas se pone nada. Hay quien es guapísima de fábrica y tampoco necesita artificios para estar de bocado. Pero las que nacimos con el color de cara que tenía Laura Palmer cuando la encontraron muerta, hacemos maravillas con la cosmética. Lo peor es cuando te ha salido un granito, porque aunque se tapa con el maquillaje, el bulto se nota. Si encima llevas gafas, peor que peor. Yo me pinto los ojos que da gusto verlos, pero me pongo las gafas y todo se va a la porra.
Una vez que estamos en perfecto estado de revista, dispuestas a cautivar a nuestra cita, es importante no llegar tarde. Que queda mal llegar tarde por haberte arreglado demasiado. Empieza antes y punto.
Por supuesto, todo el tiempo y el esfuerzo empleado deben tener su recompensa. Así que, señores, alaben a sus mujeres cuando queden con ellas, díganles qué guapas están, qué peinado más bonito llevan, qué bien les sienta el color de esa camisa, acérquense al oído y díganles que están arrebatadoras, que son la estrella que ilumina esa noche, la flor que perfuma el ambiente...
Y, sobre todo, háganlas reír. Porque, en el fondo, creo que nos da un poco igual que el sujeto de nuestra cita sea guapo o no. Mientras que nos convierta en su centro de atención, nos haga reír, nos cuente cosas interesantes, no hable de fútbol, de Fórmula 1 o de Dani Pedrosa, caeremos rendidas a sus pies.
Porque donde esté una charla interesante, unas risas, una confidencias, que se quite todo lo demás. Aunque a los hombres os guste más un buen par de piernas que una buena conversación.
¿Qué me decís a esto, hombres?

