La bajada a los calabozos de la comisaría es difícil: los escalones se estrechan y giran sobre el lado izquierdo, convirtiéndose casi en una escalera de caracol; solícitos, los agentes te indican que apoyes el pie sobre la parte derecha y que te agarres al pasamanos.
De repente, cuando pensabas en seguir bajando, desembocas en el sótano, enfrente, una pared blanca y dos puertas blindadas a cada lado, con una ventana de ojo de buey sin cristales atravesada por gruesos barrotes verticales: a la derecha, las celdas de los hombres, a la izquierda, las de las mujeres. Al entrar por la puerta de la derecha te encuentras en una antesala previa a los calabozos, ya ves la verja que te separa de las celdas, frente a ti, un pequeño mostrador, tras el que se aposta un agente uniformado. A unos dos metros frente al mostrador está la sala de fotografías y huellas, donde otro agente se encuentra haciendo la ficha de un detenido, el típico lugar de pared blanca sobre la que fotografiar a los delincuentes. Tras el mostrador, un batiburrillo de cosas: una silla de ruedas sin respaldo, el teléfono, un archivador gris, cajas amontonadas, un par de porras, un panel de corcho… En éste, distintos carteles con prohibiciones diversas dirigidas a los propios agentes y un par de partes médicos con medicación en pequeñas bolsitas de plástico pegadas con papel celo. Es aquí donde recogen las pertenencias personales de los detenidos: desde su documentación, sus móviles o su dinero hasta sus cordoneras.
El ambiente en la antesala es claustrofóbico, con las paredes pintadas de gris y el techo muy bajo (también gris), busco con la mirada pero no se ven respiraderos que comuniquen con el exterior, ni instalación de aire acondicionado, ni nada que sanee el aire que respiramos en ese momento. Todo el aire que entra y que sale lo hace por el pequeño ojo de buey de la puerta. A pesar de que hace mejor temperatura que arriba, enseguida empiezo a sudar, mi fobia a las habitaciones sin ventanas avanza poco a poco, pero intento mantenerme tranquila y no alterarme demasiado.
(Continuará...)

