martes, abril 24, 2007

Los dentistas y yo

Odio a los dentistas. No puedo evitarlo.

Con 7 años, mis colmillos de leche no se caían y empezaban a crecer los nuevos en las encías, cual vampiresa (yo ya apuntaba maneras, jajaja). Como, además, no tenían hueco para bajar, porque mi boca es así de rara, me llevaron al dentista (de la seguridad social) para que me quitaran los colmillos de leche y crecieran los nuevos sin problema. Qué horror de sitio, qué dolor de boca, lo único positivo que recuerdo de aquella experiencia fue el polo de hielo que me compró mi madre al salir, para aquéllo de la hinchazón de encía. A los dos meses volví allí y me recomendaron que, para hacer sitio, hiciera ejercicios con un lápiz: tenía que presionar los dientes que hay al lado de las paletas con el culo de un lápiz redondo hacia fuera, una hora todos los días. Eso era la alternativa de la sanidad pública a un tratamiento de ortodoncia.

Por supuesto, la cosa no mejoró. Y a los 11 años, mis padres decidieron mandarme a una dentista de pago. Dicha dentista no realizaba ortodoncias todavía (estaba recién instalada en el pueblo) y nos remitió a un profesor suyo de la facultad, toda una eminencia en la capital, el profesor D. Manuel Luis Royo-Villanova Pérez. Dicho médico-estomatólogo propuso un tratamiento exento de braquets (que son esos hierros que te ponen en los dientes, las ortodoncias de toda la vida), ya que decía que dichos aparatos picaban los dientes. Así que me puso un tratamiento de "paladares", el cual empujaba los dientes desde atrás, desde el paladar. Estuve con dicho tratamiento 7 años, en los cuales, mi padre depositó una cantidad generosa de dinero por el mismo.

Sin embargo, un verano, al volver de la playa, la consulta del dentista había desaparecido. En aquel edificio no quedaba ningún rastro de él. Ni la placa (de mármol verde), ni su nombre en el buzón. Sin saber muy bien qué hacer, mi padre decidió acudir al Colegio de Médicos, que lo reenviaron al Colegio de Odontólogos. Allí se nos dijo que había dejado el ejercicio de la profesión y que sus clientes los trataría una doctora. Esta doctora, al examinarnos uno a uno, nos volvió a reenviar a otros dentistas y sé quedó sólo con los casos más asequibles.

Pero, a la salida de aquella dentista, una mujer esperaba a la puerta de la consulta. Se dirigió a mi padre y le preguntó si era paciente del Dr. Rollo-Villanova, le dijo que sí y comenzó una aventura que agrupó a varios pacientes de dicho doctor, todos descontentos con su quehacer y que pasó por un juzgado penal, por un reconocimiento gratuito a costa del colegio de odontólogos en la mejor clínica de Murcia, por un juzgado civil y acabó en un desestimiento de acciones penales y civiles de los clientes (que se sabían estafados) y, por la mía, con una solución clara a mi problema: operación maxilofacial, con la reestructuración completa de la mandíbula superior y con la extracción de las últimas cuatro muelas.

Una cosa es poner un aparato para corregir un diente torcido, aparato que si se pone bien y a tiempo, rectifica el error. Y otra muy distinta es meterme en un quirófano a quitarme cuatro muelas, romper el hueso de la encía y meter cuñas artificiales para hacer sitio para que los colmillos bajen y queden alineados, pasarme un par de meses con la mandíbula cosida, comiendo sopitas con pajilla y sufriendo dolores y un posible rechazo a las cuñas artificiales. Así que tengo los dientes bastante feos. Pero me da igual.

De esto quedó una fobia a los dentistas horrorosa, fobia que ha provocado que no pise una consulta en 10 años, con las consabidas caries que se me han ido acumulando en la boca. Y claro, tan cariada estaba una muela, que han tenido que agujerearla casi hasta el fondo, poner un empaste provisional y dejando las paredes de dicha muela muy finita, tanto, que al comer un chicle el pasado viernes, se quebró una de las paredes y cayó un pedacito. Ahora tengo una masa de pasta ahí metida de manera provisional, taponándolo todo, sin forma alguna y con una rugosidad rara.

Para rematar todo esto, tengo el paladar en V (es como una V invertida), aunque, afortunadamente, hablo correctamente (bueno, con acento murciano).