jueves, mayo 18, 2006

El don de la ubicuidad

Hoy estoy un poco chof, producto de mi salud y mis ganas de trabajar. Estoy haciendo una mierda de denuncia y arrastro una visita a urgencias el lunes por la noche, otra vez el oído. Encima echo en falta el chocolate. Lo mismo sucumbo y me voy al Mercapeich y me compro una napolitana o dos.
Recuerdo muy bien a D. Antonio Vidal, profesor de Latín. Durante 3 años nos sufrimos mutuamente. Se sabía el libro de memoria (página, apartados, dibujos...) y el segundo día de clase ya nos conocía a todos por nuestro nombre. Rondaba cierta leyenda sobre su vida: había sido fraile y había vivido varios años en Alemania e Italia (donde nos dijo que había estado 4 ó 5 años y no fue hasta el último cuando visitó la tumba del Papa Julio II, donde está el famoso Moisés de Miguel Ángel, algo incomprensible para mí). Había vuelto a Murcia cuando una hermana suya adoptó una niña, que se suicidó en la adolescencia tirándose por una ventana. No sé hasta qué punto esto será cierto o no. El caso es que este profe me daba un respeto que pa' qué, con sus ojos tan azules con una mota roja (de rojo-sangre) en uno de ellos, sus pantalones setenteros (¿dónde los compraría?) y voz suave pero enérgica.
Pues D. Antonio Vidal, pese a ser más severo que ningún otro profe, era más bueno que un santo y nos dejaba estudiar en sus clases de latín para los exámenes, sobre los de Filosofía. Y es que, como decía Cristóbal, el profe de Filosofía, nosotros teníamos el don de la ubicuidad. Cuando dimos los adverbios de lugar en Latín, descubrimos por qué lo decía, ya que "ubi" significa dónde.
Y es que, ahora, como entonces, tengo el don de la ubicuidad, mi cuerpo está aquí, pero mi mente está muy, muy lejos...
ACTUALIZACIÓN: Me acabo de comer dos explosiones de puro azúcar y una de chocolate delicosamente buenas...