Según el Diccionario Ilustrado de Términos Médicos que suelo utilizar para preparar los expedientes de incapacidad, el autismo es un síndrome del desarrollo neurológico caracterizado por un déficit del comportamiento en lo que se refiere a la reprocidad y comunicación y por un comportamiento restringido y usualmente repetitivo. Según el Natinal Institute of Neurological Disorders and Strokes, el autismo se caracteriza por una escasa interacción social, problemas en la comunicación verbal y no verbal, actividades e intereses gravemente limitados, inusuales y repetitivos.
Básicamente, los autistas tienen dificultades para interactuar socialmente, padecen de problemas de comunicación verbal y no verbal y muestran comportamientos reiterativos o intereses limitados y obsesivos. El comportamiento más característico de un autista lo podemos encontrar aquí, en la página de la Asociación Nuevo Horinzonte.
Los autistas no tienen deficiencias mentales, pueden llegar a ser grandes virtuosos de la música, excelentes matemáticos, pintores magníficos... pero no pueden sentir un abrazo, una caricia, una mirada de amor, de odio, de enfado.
Leer un libro sobre un incidente con un perro y relatado por un niño autista ha hecho que me dé cuenta de una situación muy cercana a mí que no lograba comprender. No puedo cambiar mi manera de ver las cosas, porque, a pesar de mis limitaciones y mis defectos, yo sí necesito de esa interacción con la gente. Y si hay gente que no lo necesita, debo aceptarlo, porque quizá no sea un deseo de ellos, sino una carencia neuronal que no se puede controlar.
Yo sé de lo que hablo y con eso me basta.

