Llevo dos semanas regular. No me siento muy bien últimamente, quizá desde hace algo de más tiempo que últimamente. A la situación existente se han ido añadiendo pequeñas y grandes cosas que han hecho que toque fondo esta semana. Esto ha venido provocado por el hecho de saber que no podía aguantar más determinada situación, que tenía que cortarla de una vez por todas o me iba a volver loca. Encima, a ello se le ha unido la aclaración realizada por mis compañeros de trabajo sobre mi situación laboral y a mi visita al endocrino. Resultado: caí.
Caí porque tengo que dejar de perseguir un amor imposible, algo que nunca tendré, pese a ser lo que más anhelo ahora mismo. Cada día que pasa lo echo más de menos y me duele haber tomado la decisión de cortar por lo sano, pero seguir así me estaba rompiendo el alma.
Caí porque tenía previsiones de conseguir un estatus diferente en el trabajo (económicamente hablando, claro) y me dijeron que sí, que tenía otro estatus, pero en el que me tenía que buscar las castañas yo solita.
Caí porque a pesar de seguir una dieta controlada, las dos situaciones anteriores me han hecho descontrolarme y atiborrarme de alimentos prohibidos (sobrasada, queso, mini-napolitanas de chocolate del mercapeich, etc), lo que ha hecho que sólo adelgace 3 kilos en 1 mes y medio.
Caí, literalmente, frente a la puerta de Correos en la Redonda y llevo la rodilla echa trizas y mis pantalones nuevos (2 puestas) están rotísimos.
Caí y lloré tanto que pensé que me iba a quedar sin lágrimas. Hay recuerdos que vienen a mi mente y lloro. Lloro cada día.
Sé que soy yo la que debe salir de esta situación, que nada es tan terrible, pero no es lo que me parece ahora mismo. No tengo ganas de nada, el sólo hecho de levantarme ya me cuesta horrores y, mucho más, venir a trabajar, ponerle buena cara a mis compañeros de despachos, salir de fiesta, fingir que todo está bien.

