La manera en la que me han educado mis padres y mis abuelos me hace ser sobreprotectora. Lo hago con todo el mundo, cual ángel protector que debe velar por la salvación de las almas de Dios, cual gata recién parida que pelea a muerte por sus gatitos, cual loba acorralada en la madriguera y que mata para defender.
Hay una persona de mi entorno que tiene actualmente una actitud apática hacia las reuniones en sociedad. Tras ser convocados a una el pasado sábado, quise rizar el rizo y hacer realiad ese papel de salvadora de almas que llevo autoimpuesto. Sin previo aviso y un poco a deshoras, me planté en su casa e intenté que viniera conmigo a dicha reunión. Después de unos minutos de lucha dialéctica bastante absurda tipo "¿Por qué no vienes? Porque no me apetece; pero, ¿por qué no vienes? porque no me apetece; pero, dame una excusa coherente, porque no me apetece", salí sola de su casa, intentando hacerle ver que se estaba equivocando. Ya en la fiesta, se comentó (como ya se ha hecho otras veces) que antes era una persona que salía con sus amistades, que quedaba a hacer deporte, a ver pelis, etc.
Como último mensaje redentor, a las 3 de la mañana aproximadamente, le mandé un sms diciéndole lo que se había perdido y lo que estaba perdiendo.
Tras unas buenas horas de sueño, me levanté con otra perspectiva y es la de que tengo que dejar de ser un ángel protector, si la gente no quiere salvarse, no soy nadie para imponer esa salvación. En este caso concreto, ambos somos adultos, con cierta edad ya y no andamos a ciegas por la vida, sabemos lo que hay y lo que queremos. Y, sintiéndolo mucho, porque esa persona me importa más de lo que nadie se imagina (salvo, quizás, yo y ella), si no quiere cambiar su vida, ni yo ni nadie somos quien para cambiarla.
Pero... (como todo, tenía que tener un "pero"), ayer, tras la comida, mientras estaba intentando conectar mi súpermovil a mi ordenador y copiar canciones, recibí un mensaje de un chico con el que tengo poca relación y que me pedía hablar conmigo y llorar sobre mi hombro. Le dije que sí, porque, por determinadas circunstancias, quiero a su familia con locura, son gente que me importa y, para qué negarlo, porque sentía curiosidad por lo que me iba a decir.
Como me imaginaba, en el café, me contó que sufre de amores, que por primera vez en su vida (y tiene 30 años), sólo tiene ganas de llorar, el amor de su vida vive en Italia y le ha dicho que no puede compaginar sus estudios de Medicina con él. Este chico sabe a ciencia cierta que es verdad lo que dice, que no hay nadie que lo haya sustituído y eso es lo que más le duele. Sólo la quiere a ella y nada más le importa.
De nuevo surgía la figura de ángel salvador, esta vez solicitada mi acción, sólo pude decirle que le apoyo, que estaré a su lado cada vez que me necesite, que me llame si se siente decaído o si tiene ganas de llorar. También le dije que aún no había caído de todo, que iba a ser peor de lo que era ahora mismo, que dejaría de tener ganas de levantarse para trabajar o de quitarse el pijama los domingos. Además, le recomendé que debía fijarse pequeños objetivos diarios para sobrellevar la pérdida del ser querido, aunque, sinceramente, debido a mi historial amoroso soy la menos indicada para decir este tipo de cosas.
Sin embargo, anoche, al acostarme, antes de dejar fluir mi mente a su libre albedrío, me reafirmé en mi convicción de dejar de ser un ángel salvador. Si se me necesita y se me llama, allí estaré, pero no tomaré iniciativa alguna respecto a nadie, porque nadie que no lo quiera debe ser salvado.
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