Cuando hablo con El enemigo del pueblo (a.k.a. Manifacero) solemos acabar sentenciando sobre la vida. Ayer fue uno de esos días en que pusimos en común vivencias, ideas y salió una tarde redonda.
Hablábamos de nuestro paso por la facultad, por la biblioteca, de la gente que nos rodeó en su día, de cómo, al reencontrarnos años después de haber estudiado, yo lo recordaba perfectamente: alto, pelo claro, guapetón... era de esas personas "que se veían a simple vista". Sin embargo, él no se acordaba de mi, era normal, yo era dos cursos menor y una chica del montón, tirando a gorda, fea y sin estilo (ni glamouuuuuuuuuuur).
A pesar de la figura que proyectaba, me confesó que no era tan lanzado como imaginábamos todos y que trasladarse fuera de Murcia city le hizo espabilarse y darse cuenta de que no se puede ser tan, digamos, políticamente correcto (aunque no fueron esas sus palabras).
Me dijo una frase que me gustó mucho: "que la vida mancha".
No puedes pasar por la vida intentando agradar a todo el mundo, intentando no dañar, pues todo lo que hacemos, hasta la más pequeña de las acciones que llevamos a cabo, crean un "efecto mariposa" y tiene sus consecuencias.
Todo esto viene a colación sobre las relaciones humanas y lo que decimos y hacemos. Tanto en el trabajo (donde impresentables casados con mujeres asiáticas manifiestan que nunca más se volverán a acostar con occidentales delante de sus compañeras españolas) como en la vida diaria (donde puedes escuchar a un homosexual tildar de miseria humana a unos niños gitanos de apenas 4 años) como en las relaciones sentimentales (donde un momento de exaltación puede dar lugar a malentendidos enormes) todo lo que hacemos, tiene sus consecuencias y sus efectos.
Y es que aunque a veces queramos ser cándidos e inmaculados, la vida mancha.
P.D.: Gracias, Manifacero, por tantas charlas tan intensas. Si te llego a conocer antes... ¡huy, si te llego a conocer antes! (tú ya me entiendes).
Hablábamos de nuestro paso por la facultad, por la biblioteca, de la gente que nos rodeó en su día, de cómo, al reencontrarnos años después de haber estudiado, yo lo recordaba perfectamente: alto, pelo claro, guapetón... era de esas personas "que se veían a simple vista". Sin embargo, él no se acordaba de mi, era normal, yo era dos cursos menor y una chica del montón, tirando a gorda, fea y sin estilo (ni glamouuuuuuuuuuur).
A pesar de la figura que proyectaba, me confesó que no era tan lanzado como imaginábamos todos y que trasladarse fuera de Murcia city le hizo espabilarse y darse cuenta de que no se puede ser tan, digamos, políticamente correcto (aunque no fueron esas sus palabras).
Me dijo una frase que me gustó mucho: "que la vida mancha".
No puedes pasar por la vida intentando agradar a todo el mundo, intentando no dañar, pues todo lo que hacemos, hasta la más pequeña de las acciones que llevamos a cabo, crean un "efecto mariposa" y tiene sus consecuencias.
Todo esto viene a colación sobre las relaciones humanas y lo que decimos y hacemos. Tanto en el trabajo (donde impresentables casados con mujeres asiáticas manifiestan que nunca más se volverán a acostar con occidentales delante de sus compañeras españolas) como en la vida diaria (donde puedes escuchar a un homosexual tildar de miseria humana a unos niños gitanos de apenas 4 años) como en las relaciones sentimentales (donde un momento de exaltación puede dar lugar a malentendidos enormes) todo lo que hacemos, tiene sus consecuencias y sus efectos.
Y es que aunque a veces queramos ser cándidos e inmaculados, la vida mancha.
P.D.: Gracias, Manifacero, por tantas charlas tan intensas. Si te llego a conocer antes... ¡huy, si te llego a conocer antes! (tú ya me entiendes).

