miércoles, noviembre 07, 2007

El rostro de la muerte

Hace unos meses me llegó mi primer gran caso. Llevo la acusación particular en un caso de asesinato, estando personada como la abogada de la familia del fallecido. El lunes me llegó una providencia del Juzgado por la que se me emplaza para presentar escrito de acusación contra el imputado en el plazo de 5 días.

El asunto en sí es bastante irreal, como de película de terror.

En su momento, el imputado confesó la autoría de los hechos, tanto en comisaría como en el juzgado.

Durante el amargo momento de repatriar el cadáver, uno de sus hermanos se quedó a solas conmigo una hora y empezó a hablar, se desahogó de una manera inaudita, se vació, en una especie de catarsis, me contó aspectos cotidianos de su vida, de la vida de su hermano fallecido (el mayor), de cómo les dijo a los demás que se vinieran a España, que aquí se vivía bien, que se comía rico y que hacía buen tiempo siempre. Tras él vinieron tres hermanos más, fue su referencia aquí. Ahora ya no está. Porque de la cárcel se sale, pero de una fosa no, me decía.

Ahora tengo ante mí el expediente judicial: las declaraciones ante la policía del imputado y los testigos, el informe de la autopsia (con fotos incluidas), más fotos del cadáver en el lugar de los hechos…

La muerte tiene muy mala cara, no es cómo nos la presentan en las películas o los libros, la gente no se muere cerrando los ojos o con una cara tranquila. La muerte tiene el rostro teñido de dolor.

Y yo debo determinar qué pena solicitar para el autor de una muerte.