miércoles, enero 04, 2006

Sensaciones perdidas

El día de Nochevieja un amigo se acercó a mí y me dijo que olía muy bien, que qué perfume me había puesto. Se lo dije y, de pronto, acercó su nariz a mi cuello y aspiró, quedándose un buen rato a mi lado, sin tocarme más que el cuello con su nariz.

De repente, la habitación empezó a girar y cambió, me trasladé tres navidades atrás, un 30 de diciembre, con otro chico, en la misma postura y con la misma sensación de deseo en mi interior.

El sólo hecho de decirme que olía genial me encantó, aunque nada sea posible entre ese amigo y yo. Miré a mi alrededor y observé a los amigos con los que me encontraba, casi todos emparejados y en actitudes cariñosas y sentí una envidia creciente.

Sé que me estoy obsesionando de nuevo, que así no voy a ningún lado, pero es que en fechas señaladas como éstas, cuando todos hacen planes en pareja, se compran regalos, se piensa en el otro, miro a mi alrededor y me siento al borde de un precipicio, fijándome en las altas montañas tan lejanas e inalcanzables para mí. Montañas que son mi deseo, mis ganas de sentirme querida y tener pareja, ganas de que me huelan, que me acaricien, que me abracen, que me besen, pero nunca puedo llegar a esas montañas.