Mi mejor amiga se casaba. Yo sabía lo importante que era para ella ese paso, no el día de la boda en sí, sino el casarse, porque arrastra cierta historia familiar difícil.
Para descargarla de pequeñas cosas, le dije que me encargaba yo del arroz y de los arpetones de novia. Así que el último día de prueba de su vestido le hice entrega de un bonito ramo hecho de pequeñas flores en forma de cala con un arpetón (alfiler con cabeza gorda, normalmente, una perlita), que se encargaría de poner a las mujeres de la boda durante la cena. Y tenía que hacer bolsitas de tul con el arroz para repartirlas a la salida de la catedral. A ello se le unió el encargo de la madre de la novia, que quería que hablara con el cura, para que le dejara leer una carta al final de la ceremonia.
Yo tenía preparado desde hacía semanas el traje, zapatos y otros complementos, sólo me quedaba recoger un foulard de mi prima (espectacular, por cierto) y un collar de coral de mi tía.
El día anterior a la boda, quedamos unos cuantos amigos con la novia para irnos de cena, yo había quedado con ella en que me iría a dormir a su casa con ella y así hicimos, después de muchas vueltas, a las 4 de la mañana decidimos dejar de hablar y dormir un poco, ya que había que levantarse temprano para poder ir a la pelu y estar arregladas para el gran día.
Tras un peinado regular na' más, me fui a casa, donde comí y me dormí un ratito la siesta, así de lado y chafando poco el peinado. Cuando estaba casi terminada, llegaron mis hermanos de la playa y mi hermana me acercó a la catedral.
Sobra decir que yo estaba espectacular con mi vestido negro con lunares blancos, con zapatos, foulard, bolso y resto de complementos rojos, mi hermana decía que parecía una actriz de cine de los años '50 (jejeje, es verdad, estaba guapísima).
Pues nada, llegué a la catedral, saludé al novio, dejé el arroz en la preciosa Capilla de los Vélez, saludé a la familia de la novia y me fui a hablar con el cura. Y, cuando salía, la novia ya había llegado, eran sólo las 7:01 y estaba ya entrando. Hay que decir que esta chica es puntual donde las haya.
La ceremonia se celebró sin sobresaltos, bueno, el cura se equivocó tres veces con el nombre de la novia y la llamó Isabel y no B. Quienes conocíamos a la novia sabíamos cómo se lo estaba tomando (requetemal).
Tras la ceremonia, firmé como testigo del enlace, repartí el arroz entre los invitados (jueces, magistrados, fiscales, entre otros) y me salí a la puerta con mis amigos. El saludo a los recién casados y a los padrinos, las fotos de rigor y decidimos sentarnos a tomarnos una cervecita en la plaza de la catedral. Cuando los novios terminaron de hacerse fotos con los distintos grupos de invitados, se hicieron un par de fotos más ellos dos solos y se despidieron del fotógrafo. Acto seguido, se sentaron junto a nosotros y se tomaron un refresco. La novia comentó lo del olvido del cura de su nombre, pero le quitamos hierro al asunto. Era hora de marcharse a la cena.
Como no tenía coche, los novios me ofrecieron irme con ellos, como acompañante del chófer (primo de la novia), así que así hicimos, la mar de contentos y elegantes.
La llegada al cóctel se hizo pues como en todas las bodas, brindando con champán los novios y el resto de invitados cerveza va y cerveza viene. Momento de terminar de saludar a amigos y conocidos, de refrescarnos otra vez la garganta, de criticar a las invitadas y sus vestidos (jajaja) y de encontrarme con mis ex-jefes, que ya sabían que les iba a meter una reclamación judicial por salarios debidos y no pagados. El momento fue un poco de risa, ya que se pusieron a pasar delante de mí, pero dándome la espalda, como para dejarme a un lado fuera del círculo en el que estaba, yo me retiré y, acto seguido, mis amigas también se retiraron. Anda que no hay que quererlas, madre mía, qué arropada me sentí en ese momento de nervios. Allí se quedaron ellos hablando con el novio de una mis amigas (somos todos conocidos) y nosotras en un aparte. Hubo un momento Marilyn Monroe sobre boca de metro y, a riesgo de enseñar a todos los invitados mi ropa interior, decidimos sentarnos. Bocadito va y bocadito viene, vinito, cerveza, refrescos, todo genial, pero con sabor a poco, yo tenía hambre.
Bajamos por una espectacular escalera al salón de celebraciones y comenzó la cena: todo muy bueno y todo muy pijo, pero no nos quedamos con hambre, afortunadamente. El grupo de amigas de la novia estábamos sentadas al lado de la mesa presidencial, la veíamos perfectamente a nuestro lado. La cena transcurrió entre gritos de "vivan los novios", "que se besen" y esas cosas. No hubo corte de tarta con espada (jajaja, a los novios no les gustaba nada de nada), pero sí dos postres.
La novia me había pedido que repartiera con ella los arpetones de novia. Esta es una tradición muy de Murcia, no sé si se hará en otras regiones: la novia, tradicionalmente, repartía los alfileres de su ramo (unos alfileres especiales con la cabeza muy gorda en forma de perla) entre las invitadas a la ceremonia: a las solteras y viudas se les coloca boca abajo, de manera que esté a punto de caerse y a las casadas boca arriba, para que no se caiga. Si se cae, se supone que la soltera o viuda se casará. Pues allá que fuimos mesa por mesa indicándole a las invitadas el porqué de este regalito.
Después, mientras las cuñadas de la novia repartían los obsequios del enlace, ella hizo algo que no nos esperábamos ninguna: separó las 9 rosas rojas que componían su ramo y nos regaló una a cada amiga, junto con una pequeña tarjeta con unas líneas. Fue un momento muy emotivo, porque creíamos que enviaría el ramo al pueblo, a que lo pusiera su tía sobre la tumba de su abuela. Ni que decir tiene que yo me emocioné un montón, fui la primera a la que se lo dio y nos dimos un abrazo muy sentido. Una cosa a resaltar es que la última rosa se la dio a un hombre: al Secretario de su Juzgado: un hombre con el que tiene mucha complicidad y del que cuenta que tiene muchas ganas de echarse novia, jajaja.
Después de todo esto: bailecito de vals (ensayaron y todo para el momento) y barra libre hasta las 5. Ahí nos lo pasamos mejor que bien, sólo quedó la juventud con ganas de marcha, que es lo que siempre pasa en estas celebraciones.
Los novios tenían habitación reservada en el hotel en el que se celebró la boda y nos despedimos sobre las 6 de la mañana, yo cogí un taxi y me volví a casa. Cuando me acosté empezaba a amanecer. Había sido una fiesta genial.
Para descargarla de pequeñas cosas, le dije que me encargaba yo del arroz y de los arpetones de novia. Así que el último día de prueba de su vestido le hice entrega de un bonito ramo hecho de pequeñas flores en forma de cala con un arpetón (alfiler con cabeza gorda, normalmente, una perlita), que se encargaría de poner a las mujeres de la boda durante la cena. Y tenía que hacer bolsitas de tul con el arroz para repartirlas a la salida de la catedral. A ello se le unió el encargo de la madre de la novia, que quería que hablara con el cura, para que le dejara leer una carta al final de la ceremonia.
Yo tenía preparado desde hacía semanas el traje, zapatos y otros complementos, sólo me quedaba recoger un foulard de mi prima (espectacular, por cierto) y un collar de coral de mi tía.
El día anterior a la boda, quedamos unos cuantos amigos con la novia para irnos de cena, yo había quedado con ella en que me iría a dormir a su casa con ella y así hicimos, después de muchas vueltas, a las 4 de la mañana decidimos dejar de hablar y dormir un poco, ya que había que levantarse temprano para poder ir a la pelu y estar arregladas para el gran día.
Tras un peinado regular na' más, me fui a casa, donde comí y me dormí un ratito la siesta, así de lado y chafando poco el peinado. Cuando estaba casi terminada, llegaron mis hermanos de la playa y mi hermana me acercó a la catedral.
Sobra decir que yo estaba espectacular con mi vestido negro con lunares blancos, con zapatos, foulard, bolso y resto de complementos rojos, mi hermana decía que parecía una actriz de cine de los años '50 (jejeje, es verdad, estaba guapísima).
Pues nada, llegué a la catedral, saludé al novio, dejé el arroz en la preciosa Capilla de los Vélez, saludé a la familia de la novia y me fui a hablar con el cura. Y, cuando salía, la novia ya había llegado, eran sólo las 7:01 y estaba ya entrando. Hay que decir que esta chica es puntual donde las haya.
La ceremonia se celebró sin sobresaltos, bueno, el cura se equivocó tres veces con el nombre de la novia y la llamó Isabel y no B. Quienes conocíamos a la novia sabíamos cómo se lo estaba tomando (requetemal).
Tras la ceremonia, firmé como testigo del enlace, repartí el arroz entre los invitados (jueces, magistrados, fiscales, entre otros) y me salí a la puerta con mis amigos. El saludo a los recién casados y a los padrinos, las fotos de rigor y decidimos sentarnos a tomarnos una cervecita en la plaza de la catedral. Cuando los novios terminaron de hacerse fotos con los distintos grupos de invitados, se hicieron un par de fotos más ellos dos solos y se despidieron del fotógrafo. Acto seguido, se sentaron junto a nosotros y se tomaron un refresco. La novia comentó lo del olvido del cura de su nombre, pero le quitamos hierro al asunto. Era hora de marcharse a la cena.
Como no tenía coche, los novios me ofrecieron irme con ellos, como acompañante del chófer (primo de la novia), así que así hicimos, la mar de contentos y elegantes.
La llegada al cóctel se hizo pues como en todas las bodas, brindando con champán los novios y el resto de invitados cerveza va y cerveza viene. Momento de terminar de saludar a amigos y conocidos, de refrescarnos otra vez la garganta, de criticar a las invitadas y sus vestidos (jajaja) y de encontrarme con mis ex-jefes, que ya sabían que les iba a meter una reclamación judicial por salarios debidos y no pagados. El momento fue un poco de risa, ya que se pusieron a pasar delante de mí, pero dándome la espalda, como para dejarme a un lado fuera del círculo en el que estaba, yo me retiré y, acto seguido, mis amigas también se retiraron. Anda que no hay que quererlas, madre mía, qué arropada me sentí en ese momento de nervios. Allí se quedaron ellos hablando con el novio de una mis amigas (somos todos conocidos) y nosotras en un aparte. Hubo un momento Marilyn Monroe sobre boca de metro y, a riesgo de enseñar a todos los invitados mi ropa interior, decidimos sentarnos. Bocadito va y bocadito viene, vinito, cerveza, refrescos, todo genial, pero con sabor a poco, yo tenía hambre.
Bajamos por una espectacular escalera al salón de celebraciones y comenzó la cena: todo muy bueno y todo muy pijo, pero no nos quedamos con hambre, afortunadamente. El grupo de amigas de la novia estábamos sentadas al lado de la mesa presidencial, la veíamos perfectamente a nuestro lado. La cena transcurrió entre gritos de "vivan los novios", "que se besen" y esas cosas. No hubo corte de tarta con espada (jajaja, a los novios no les gustaba nada de nada), pero sí dos postres.
La novia me había pedido que repartiera con ella los arpetones de novia. Esta es una tradición muy de Murcia, no sé si se hará en otras regiones: la novia, tradicionalmente, repartía los alfileres de su ramo (unos alfileres especiales con la cabeza muy gorda en forma de perla) entre las invitadas a la ceremonia: a las solteras y viudas se les coloca boca abajo, de manera que esté a punto de caerse y a las casadas boca arriba, para que no se caiga. Si se cae, se supone que la soltera o viuda se casará. Pues allá que fuimos mesa por mesa indicándole a las invitadas el porqué de este regalito.
Después, mientras las cuñadas de la novia repartían los obsequios del enlace, ella hizo algo que no nos esperábamos ninguna: separó las 9 rosas rojas que componían su ramo y nos regaló una a cada amiga, junto con una pequeña tarjeta con unas líneas. Fue un momento muy emotivo, porque creíamos que enviaría el ramo al pueblo, a que lo pusiera su tía sobre la tumba de su abuela. Ni que decir tiene que yo me emocioné un montón, fui la primera a la que se lo dio y nos dimos un abrazo muy sentido. Una cosa a resaltar es que la última rosa se la dio a un hombre: al Secretario de su Juzgado: un hombre con el que tiene mucha complicidad y del que cuenta que tiene muchas ganas de echarse novia, jajaja.
Después de todo esto: bailecito de vals (ensayaron y todo para el momento) y barra libre hasta las 5. Ahí nos lo pasamos mejor que bien, sólo quedó la juventud con ganas de marcha, que es lo que siempre pasa en estas celebraciones.
Los novios tenían habitación reservada en el hotel en el que se celebró la boda y nos despedimos sobre las 6 de la mañana, yo cogí un taxi y me volví a casa. Cuando me acosté empezaba a amanecer. Había sido una fiesta genial.

